Brain and Brush 25 - El toro y la compasión


"La bondad en las palabras crea confianza. La bondad en el pensamiento crea profundidad. La bondad en el dar crea amor."
— Lao Tse

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💭 Reflexión para inspirarte

El toro y los cien carros de piedras

De Henry Brunel en “Los más bellos cuentos zen”

Cuenta la leyenda que Shakyamuni, Buddha, nació en una de sus vidas anteriores en forma de ternerito. Tratado con bondad y afecto por su amo, un noble brahmán, el novillo se convirtió en un toro poderoso y manso. Quiso recompensar a aquel santo varón y se le apareció en sueños:

«Amo —dijo respetuosamente—, propón un reto a tu vecino, el rico comerciante. Afirma ante él que seré capaz de tirar de cien carros llenos de piedras. ¡Apuesta en ello mil monedas de oro!»

El noble brahmán creía en los sueños. Se fue a ver al rico comerciante y le habló de aquel reto. El vecino pensó que el santo varón era tonto, o que estaba loco. Pero era un hombre ávido y sin escrúpulos y aceptó, riéndose para sus adentros de la ingenuidad de aquel buen hombre.

El día convenido, el brahmán hizo cargar de piedras cien carros. Unció el toro y tomó las riendas. Estaba ansioso. Había puesto toda su fortuna en aquella apuesta, y exclamó:

«¡Tira, tira aunque para ello tengas que morir del esfuerzo; he apostado mil monedas de oro y no soy rico! ¡Tira!» aullaba, y azotaba cruelmente al animal.

Vibraban los poderosos hombros del toro, pero parecía clavado al suelo, y los carros no se movieron.

«¡Maldito eunuco! ¡Voy a hacer que te degüellen, y dejaré tu carroña a los buitres!»

No consiguió nada. Los cien carros no avanzaron ni una pulgada. El brahmán perdió la apuesta. Dio mil monedas de oro al comerciante, que se burlaba abiertamente de él. Arruinado y avergonzado, entró en su casa y se durmió en su pena.

Y aquella misma noche, se le apareció el toro de nuevo. Le habló así:

«La mansedumbre, la bondad y las palabras amables son más eficaces que las injurias y los golpes. Pregunta a la compasión que hay en el fondo de tu corazón, y ganarás tu apuesta. ¡Sube tu apuesta y propón esta vez a tu vecino dos mil monedas de oro!»

Al despertar a la mañana siguiente, el brahmán recordó su sueño. Vacilaba. «Sin duda voy a hacer el ridículo, se decía, pero estoy arruinado, y no tengo nada que perder. Después de todo, por qué no intentar este desafío...» El comerciante, al escucharlo, no se lo creía. «¡Este buen hombre, desde luego, es de lo más tonto —pensó—, pero allá él! Dos mil monedas de oro siempre se reciben bien». Y aceptó el desafío.

El día señalado, llenaron cien carros con pesadas piedras. El comerciante verificó cuidadosamente que todos estaban llenos hasta los topes. El toro parecía alegre. Llevaba alrededor del cuello una guirnalda de flores, y aquella misma mañana le habían dado de comer arroz perfumado. Cuando dieron la señal de comenzar, el brahmán le susurró al oído:

«Toro amigo, querido Nida Visala, siempre te he tratado bien desde el gozoso día en que naciste. Te he alimentado de buena sémola, cuidado y protegido cuando no eras más que un ternerillo de patas vacilantes. Porque te tengo mucho afecto, mi corazón está lleno de compasión y amor por todos tus hermanos...»

Dicho esto, el brahmán se subió al primer carro, dio un chasquido con la lengua, y el toro, en un esfuerzo titánico... hizo temblar los cien carros y los arrastró durante doce metros.

Lecciones para nuestra vida cotidiana

La compasión —el amor bondadoso y el compartir los males del prójimo— no es un adorno moral, es una necesidad neurobiológica. Y estas historias nos enseñan algo que la ciencia moderna está confirmando con asombrosa precisión:

El poder de las palabras sobre el rendimiento: El toro que no movió ni una pulgada los carros bajo los gritos y latigazos, los arrastró doce metros cuando fue tratado con amor. ¿Cuántas veces tratamos a nuestros cerebros —y a los de quienes nos rodean— como el brahmán desesperado trató a su toro? "¡Vamos, piensa más rápido! ¡Eres un inútil! ¡Concéntrate de una vez!" Y luego nos sorprendemos cuando el cerebro se "clava al suelo" y no produce ni una idea.

El coste neurológico de la crueldad: Cada vez que el brahmán azotaba al toro, no solo dañaba al animal; activaba en su propio cerebro circuitos de estrés, hostilidad y desconexión. La neurociencia nos está mostrando algo radical: ser cruel con otros es, literalmente, envenenarse a uno mismo.

🧠 Desafío de Neuro-Bienestar

El Experimento del toro: Cambia tus palabras, cambia tu cerebro

Esta semana te propongo un ejercicio tan simple que parece ridículo, pero tan poderoso que puede reorganizar tus redes neuronales:

Durante 7 días, observa cómo te hablas a ti mismo cuando:

  • Cometes un error
  • No logras algo que esperabas
  • Te sientes cansado o sobrepasado
  • Aprendes algo nuevo que te cuesta

Lleva un registro muy breve (una frase por día está bien) de las palabras que usas contigo. ¿Son del estilo "¡Tira, maldito eunuco!" o más bien "toro amigo, querido Nida Visala"?

Segundo paso: Durante los próximos 7 días, cuando te sorprendas hablándote con dureza, detente. Literalmente, para. Y reformula en voz alta (sí, en voz alta, aunque estés solo) la misma idea, pero como se la dirías a alguien a quien amas profundamente.

Por ejemplo:

  • "¡Qué estúpido eres, no puedes ni hacer esto!" → "Esto es difícil ahora, pero estás aprendiendo. Cada intento cuenta."
  • "Eres un desastre, mira cómo lo echaste todo a perder" → "Cometiste un error, como todos los seres humanos. ¿Qué puedes aprender de esto?"

Observa qué sucede no solo en tu estado de ánimo, sino en tu capacidad real de resolver problemas. Spoiler: los cien carros se moverán.

Explicación neurocientífica:

La arquitectura cerebral de la compasión

Ahora viene la parte fascinante, donde la antigua sabiduría y la neurociencia moderna se dan la mano como dos viejos amigos que se reencuentran después de milenios.

El cerebro amenazado vs. el cerebro seguro

Cuando el brahmán azotaba y maldecía al toro, activaba en el animal (y en sí mismo) lo que el neurocientífico Stephen Porges llama el "sistema de defensa". La amígdala se enciende como una alarma de incendios, el cortisol inunda el torrente sanguíneo, y los recursos cognitivos —memoria, creatividad, fuerza física— se desvían hacia un solo objetivo: sobrevivir. En este estado, el cerebro está en modo "pelea, huye o paralízate". Y efectivamente, el toro se "paralizó": sus músculos vibraban, pero los carros no se movieron.

Aquí está lo irónico —y la ironía es deliciosa cuando entiendes neurociencia—: cuanto más amenazas a un cerebro para que "rinda", menos capaz es de hacerlo. Es como intentar acelerar un coche pisando simultáneamente el freno. El cortisol bloquea el hipocampo (adiós memoria), reduce la flexibilidad cognitiva (adiós creatividad), y contrae el campo de atención a un túnel oscuro (adiós visión de conjunto).

La química de la ternura

Pero cuando el brahmán susurra palabras de afecto —"toro amigo, querido Nida Visala"— algo radicalmente distinto sucede a nivel neurobiológico. Se activa lo que los investigadores llaman el "sistema de vínculo social", mediado principalmente por dos neuroquímicos fascinantes: la oxitocina y las endorfinas.

La oxitocina, esa molécula que hace tanto ruido últimamente (y con razón), no solo nos hace sentir cálidos y conectados. Tiene efectos neurofisiológicos específicos: reduce la actividad de la amígdala (menos miedo), potencia la memoria contextual (el toro "recuerda" todas las veces que fue tratado con bondad), y —aquí viene lo mágico— aumenta el umbral del dolor y libera recursos energéticos. De repente, el toro tiene acceso a toda su fuerza. Los cien carros tiemblan y se mueven.

Por qué la compasión es "más eficaz"

Y aquí está el quid de la cuestión, y perdóname que use una expresión tan poco académica, pero es que la ciencia a veces necesita claridad brutal: La compasión funciona mejor porque así está diseñado el cerebro de los mamíferos sociales. Punto.

Nuestros cerebros no evolucionaron para el aislamiento competitivo, sino para la cooperación cuidadosa. Los bebés humanos que no reciben suficiente "leche de ternura humana" —como dice bellamente el cuento— no solo sufren emocionalmente; su cerebro, medible en resonancias magnéticas, es literalmente más pequeño, con menos conexiones neuronales, especialmente en regiones frontales.

Cuando el Dalai Lama dice que la compasión tiene un "carácter mágico", la neurociencia traduce: tiene un carácter neuroplástico. Cambia el cerebro. Activa genes. Reorganiza redes. Y —aquí está lo verdaderamente subversivo en nuestra cultura de éxito individualista— lo hace de manera mucho más efectiva que la amenaza, el castigo o la competencia cruel.

Los cien carros se mueven cuando el cerebro está seguro, nutrido, conectado. No antes.

🎨 Pinceladas para practicar

La Compasión del Pincel: GuoHua como práctica neurológica de ternura

Ahora bien, ¿Qué tiene que ver todo esto con mojar un pincel de pelo de cabra en tinta negra y deslizarlo sobre papel de arroz? Todo. Absolutamente todo.

Técnica: La Carga de Color como Carga de Intención

En la pintura china, existe una técnica fundamental llamada "carga de color" (o de tinta, en el sumi-e monocromático). No es simplemente mojar el pincel. Es un acto de tres pasos que replica exactamente el proceso neurológico de la compasión:

  1. Primer paso - Humedecer el pincel (activar la Salience Network): El pincel se humedece primero con agua limpia. Este es el estado receptivo, el "prestar atención". El cerebro que nota: "esto merece mi cuidado".
  2. Segundo paso - Cargar con tinta oscura (conectar con la profundidad - DMN): La punta del pincel se carga con tinta concentrada, oscura. Esto representa la intensidad, la profundidad del encuentro emocional. No es superficial. Es el toro recordando años de ternura.
  3. Tercer paso - Tocar con tinta clara (integrar y actuar - CEN): El cuerpo del pincel se carga con tinta más diluida. Esto crea gradación, matiz, transición. Es el momento del acto compasivo integrado: no abrumar con intensidad, sino graduar la respuesta. Es el brahmán susurrando, no gritando.

Ejercicio práctico: Esta semana, antes de cada sesión de pintura, toma tu pincel y practica la carga de color con plena conciencia:

  • Humedece y piensa: "Estoy prestando atención, estoy receptivo"
  • Carga la punta oscura y piensa: "Reconozco la profundidad de este momento"
  • Gradúa con tinta clara y piensa: "Actúo con medida y cuidado"

Verás que el trazo resultante tiene vida, tiene alma. Porque tu cerebro practicó compasión antes de tocar el papel.

Trazo Fundamental: El Trazo de Bambú como Práctica de Resiliencia Compasiva

El bambú en la pintura china no es decorativo. Es una enseñanza neurológica completa. El trazo de bambú requiere:

  • Firmeza sin rigidez: Como el toro que usa su fuerza cuando es tratado con ternura, no antes. La fuerza compasiva es potente pero flexible.
  • Segmentos articulados: El bambú crece por secciones. Cada nudo es un momento de integración, de pausa, antes de continuar creciendo. No un acto único, sino una práctica sostenida.
  • Verticalidad con danza: El bambú se yergue, pero se mece. No se quiebra porque sabe inclinarse. Es la imagen perfecta del vmPFC funcionando bien: principios claros (me erijo) pero flexibilidad contextual (me inclino ante el viento).

Ejercicio práctico de bambú:

Prepara tu pincel con carga completa. Coloca la punta del pincel en el papel y:

  1. Presiona suavemente (no aplastes, no seas el brahmán cruel contigo mismo)
  2. Desliza hacia arriba con un movimiento fluido pero firme
  3. Detente, levanta, deja un espacio (el nudo del bambú: espacio para respirar, para integrar)
  4. Coloca de nuevo el pincel y continúa el siguiente segmento

Cada segmento de bambú es un acto de compasión sostenida. No perfecta. No rígida. Pero constante.

Recuerda que si necesitáis materiales para pintar (pinceles, papel de arroz, tinta china, etc) podéis contactarme y os los envío.

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